Camino por la calle Seis en Manhattan, Nueva York. No es mi primera vez en la ciudad, pero nunca la había visitado en invierno. Hace tanto frío que solo pienso en llegar lo más rápido posible al metro, aunque me cuesta caminar ligero. Llevo tanta ropa encima que parezco un muñeco Michelin y me muevo tambaleante, como una momia con problemas articulares.
Llego a la estación de Bryant Park. Bajo las escaleras y siento el cambio de temperatura. El tren que necesito ya está en el andén. Me apresuro a sentarme y quitarme algunas capas de abrigo. Me esperan unos treinta minutos de viaje hasta mi parada en Brooklyn y, desde allí, caminar un poco más hasta mi destino final.
Ahora que el tren arrancó y estoy cómodo sin los abrigos, podría sacar mi cuaderno y dedicarme a observar a mi alrededor. Me gusta tomar notas cuando viajo en subte, aunque no lo haga con frecuencia. En mi pueblo no hay subtes, ni turistas, ni desconocidos que pueda contemplar sin tener que cumplir con el protocolo de la conversación social.
Sin embargo, me cuesta pensar en otra cosa que no sea lo que estoy a punto de presenciar. Voy rumbo al set de filmación de la versión norteamericana de Bajo Terapia. Han pasado diez años desde el estreno de la obra en el Teatro Metropolitan de Buenos Aires y, aunque sé que el autobombo es una práctica aceptada—casi una exigencia en estos tiempos donde todos publicitamos una versión de nosotros mismos—me sigue dando pudor hablar de logros personales.
Cada vez que menciono mis obras, especialmente Bajo Terapia, que es mi texto más reconocido, me gusta recordar la cantidad de archivos de Word, libretas de papel y notas en mi celular que quedaron a medio camino o que terminaron en la papelera de reciclaje. Más fracasos que éxitos. Así es la escritura y la vida también. Pero, a veces, muy pocas veces, las cosas salen bien. O al menos, reciben una buena respuesta del público.
En el caso de Bajo Terapia, primero tuvo que pasar el filtro de un jurado. La obra fue seleccionada en el concurso Contar, que buscaba impulsar la llegada del autor argentino a la calle Corrientes de Buenos Aires. Era mi primera obra de teatro. La escribí en julio de 2012 y pasé varios años tratando de hacerla llegar a directores en Buenos Aires. Pero para un autor desconocido, lograr que alguien lea tu texto es casi una utopía.
Por suerte, contaba con una ayuda especial. Si uno anda por la vida descreído de todo, hastiado del individualismo y el narcisismo reinante, cruzarse con Mauricio Dayub es la prueba de que no todo está perdido. Actor talentoso, comprometido con su trabajo, escritor de obras que ya son clásicos del teatro argentino y, además, un tipo con la paciencia y la generosidad de ayudar a un pibe desconocido de un pueblo a cuatrocientos kilómetros de todo.
Había terminado mi segunda obra, Casados Sin Hijos, cuando Mauricio me contó sobre un concurso donde podía enviar Bajo Terapia. Decidí darle una última oportunidad. Si no quedaba seleccionada, la guardaría en un cajón e intentaría probar suerte con mi nueva escritura.
En enero de 2015 Bajo Terapia se estrenó. Esa noche me convertí en un autor novel interpretado por actores y actrices que admiraba, con el director que hubiera elegido si me hubieran dado la oportunidad de elegir, en una de las ciudades teatrales más importantes del mundo, con una sala de seiscientas butacas llenas de espectadores neutrales, amigos y familiares que viajaron especialmente para la función. Demasiadas emociones para una primera vez.
Y, además, estaba cumpliendo un deseo familiar que había atravesado tres generaciones.
Mi abuelo Dino fundó un grupo de teatro con algunos amigos. El teatro era su pasión, junto con el bandoneón, el tango y la escritura. Soñar con sostener un grupo teatral en un pueblo de apenas ocho mil habitantes era demasiado optimista, pero valía la pena intentarlo. Y el sueño superó sus expectativas. El grupo siguió vigente después de su muerte. Primero bajo la dirección de mi tío Juan Carlos. Luego la tomó mi papá y fue bajo su dirección que yo entré al teatro en mi adolescencia. Dentro de unos meses, el Teatro Dino Del Federico cumple cincuenta y cinco años y sigue funcionando.
Lo que ocurrió con Bajo Terapia, tras aquella primera función superó cualquier fantasía que pudiera haber tenido sobre la vida de un texto teatral.
Una mañana recibí un mail de un director noruego. Había visto la obra en Buenos Aires y quería montarla en Oslo. Pasé horas convencido de que era una broma. ¿Noruega? Me acordé del sketch de Les Luthiers donde Mundstock y Rabinovich, en su rol de políticos, deciden cambiar de país enemigo y eligen a Noruega porque total en Oslo no se van a enterar. Todo lo que estaba ocurriendo con mi obra se parecía a eso, un disparate, un chiste de Les Luthiers.
Pero pronto llegaron más pedidos: España, República Dominicana, Costa Rica, Panamá. Después, Miami con Jessica y Alejandro en su hermoso Teatro Ocho, y luego Chile, Perú, Uruguay y un mensaje de Antonio Fagundes para hacer la versión en portugués en el Teatro Tuca de San Pablo. De repente, Bajo Terapia conquistaba toda América como si estuviéramos jugando al TEG. Y en Argentina la obra se replicaba con versiones en Neuquén, Córdoba, Mendoza, Salta, Tucumán…
Hasta que finalmente le llegó el turno al Teatro Dino. Y dirigirla. Y subirme al escenario para actuar junto a mis hermanos y amigos. Las risas, el silencio final, los aplausos y un correo de Gerardo Herrero, director de cine español, que quería llevar el texto a la pantalla grande. Y así, Bajo Terapia se convirtió en película española que se mantuvo durante semanas como la más vista de Netflix.
Y en todo el camino, las anécdotas.
Como aquella función en Villa Gesell en la que se cortó la luz y los espectadores iluminaron a los actores con sus celulares. Lo mismo pasó en Caracas. O la pareja argentina que vio la obra en el Teatro Ocho de Miami y pasó la noche conversando sobre su relación, confesándose cosas que nunca se habían dicho.
Y, por supuesto, la anécdota de Barcelona.
En la versión en catalán, me costaba seguir la trama. No entendía casi nada de lo que decían los actores. Estuve incómodo, perdido dentro de mi propia obra.
Después de la función, fuimos a cenar con el elenco. Uno de los actores contó que su amigo alemán había ido a ver la obra, a pesar de que probablemente no entendería nada. Al final de la función, el alemán estaba de pie, aplaudiendo emocionado. El actor le preguntó si era él quien aplaudía como loco, y el alemán le respondió que sí, que le había gustado mucho la obra. Eso lo desconcertó, ya que el alemán no hablaba ni entendía catalán. Entre ellos se comunicaban en inglés.
Para entender esta anécdota, me veo obligado a hacer spoiler de mi obra.
Bajo Terapia trata sobre tres parejas que no se conocen entre sí y que asisten a una terapia grupal. La psicóloga les deja ocho sobres con consignas que deberán tratar entre ellos sin que ella esté presente para mediar la sesión. Al final de la obra, uno de los personajes confiesa que fue abusada por su pareja y el abusador queda solo en escena mientras las luces se apagan.
Cuando el actor le preguntó al alemán qué había entendido de la obra, su respuesta fue: “Tres hermanos acaban de perder a su madre, que se suicidó. Están en el velorio con sus parejas, en una sala anexa. La madre dejó cartas para que lean sus hijos. Los conflictos surgen por la herencia y por la culpa que sienten por la muerte de su madre. De repente, la esposa de uno de los hermanos (la víctima de la obra) dice que la madre no se suicidó, y confiesa que fue ella quien la mató. Los hermanos intentan frenar al marido de la asesina, quien la quiere agredir. Las otras mujeres se llevan a la asesina a la policía. Al final, el pobre marido de la asesina (el abusador de la obra) queda solo y triste en escena mientras las luces se apagan.
El alemán había creado su propia obra y cambiado los roles. Me pareció tan increíble la anécdota que prometí escribir su versión de lo que había entendido de Bajo Terapia.
Un tiempo después, Bajo Terapia se estrenó en Dubrovnik, Croacia.
El idioma croata era aún más extraño que el catalán para mis oídos. La obra avanzaba en el sobre tres cuando me acordé del alemán. Dejé de intentar adivinar por qué parte iban, qué texto estaban diciendo, y me dejé llevar por las acciones que esos actores me sugerían. Empecé a crear una trama distinta en mi cabeza. Los espectadores seguían los conflictos originales, pero yo estaba en otra cosa. Fue una experiencia muy enriquecedora.
Desde esa noche, siempre que puedo, aplico el “método alemán” del amigo del actor barcelonés con series y películas extranjeras en las que me aburro. Saco la traducción y dejo correr mi imaginación.
No saber inglés y estar en Nueva York es una pena, pero también una oportunidad para aplicar el método. Estoy parando en Broadway. A pocos metros tengo una gran variedad de obras de teatro para ver e imaginar mis propios argumentos. A veces, se puede sacar provecho de una falencia.
Llego a la estación del metro donde debo bajarme. Me pongo las capas de abrigo y me transformo nuevamente en el muñeco Michelin. Subo las escaleras, siento el cambio de temperatura en sentido contrario. Camino, frío por fuera, y caliente por dentro producto de las calzas térmicas debajo del jean.
Entro al estudio. Noto cierta inquietud. Son los últimos días de rodaje y se trabaja a contrarreloj. Me siento junto al director de la película, que por suerte habla español porque nació y vivió algunos años en España. Es un tipo que me cae bien, con quien seguramente seguiré trabajando.
Soy el autor de la historia por la que toda esta gente se mueve de un lado a otro, pero eso es solo el personaje que me toca interpretar en este juego que, por suerte, parece interminable.
Lo que más disfruto de este momento es comprobar que sigo teniendo el mismo entusiasmo amateur de mis primeros pasos por el teatro familiar.
Se hace silencio porque el director dice “acción”. La cámara encuadra en primer plano a la víctima de mi obra… o a la asesina de la versión que entendió el alemán.